Andrés Alfonso

Ver Obra

Autobiografía


El día veintisiete de agosto del año mil novecientos ochenta y tres, en la habitación de una casa ubicada en la calle veinticuatro del barrio Kennedy, situado en la zona norte de Bucaramanga-Santander; nace un niño de género masculino al que pocos días después, sus padres, muy sabiamente deciden llamarlo Andrés Alfonso; nombre que particularmente describe la valentía y el dinamismo que necesitan los hombres para demarcar su camino en la desconocida realidad del Universo. Cumplidos los diez meses de edad, sus progenitores pudieron adquirir casa propia y por consiguiente deciden trasladarse al barrio Villa Helena norte; Andrés, hijo menor de una familia conformada naturalmente por un padre, una madre y seis hijos; tres mujeres y tres hombres, comienza su desenvolvimiento en el mundo real de las cosas, una lectura temprana de su ámbito formativo como humano, es particularmente su plácida felicidad en la niñez, cuando se consagra a crecer entre matorrales, enormes árboles, charcos, caminos extremadamente hermosos, rocosos y vanidosos, todo esto se argumenta entre aventuras infantiles que sobresalen de la creatividad natural y divagación experimental de la línea en cualquier niño de tres años. Creciendo entre el amor casi deteriorado “para no decir extinguido” de un barrio marginal y popular en una ciudad como lo es Bucaramanga, la niñez de Andrés Alfonso se ve entrelazada en los juegos de la calle, criado entre prostitutas, jíbaros y ladrones, encontraba en los basureros el sitio perfecto para escudriñar pensamientos y objetos que más adelante le servirían para fortalecer su carácter humanamente racional, sensorial y pasional junto al mundo de los colores, los olores, la forma y el contraste dinámico que se manifiesta en la cotidianidad de la vida. El río de shampoo era el lugar predilecto para pasearse en las tardes pueriles de cualquier otoño santandereano, animado y sostenido en su temprana evolución como explorador en su única realidad; el río no era de shampoo como lo afirma su apodo, simplemente es un río obscuro, mal oliente y lleno de espuma, elementos que caracterizan la alta contaminación de aquél lugar, pero no era obstáculo alguno para que se entretejiera todo el dinamismo elemental que necesita la sensibilidad del Ser.

Por razones diplomáticas o, mejor dicho, por los insultos generados de los vecinos y vecinas hacia la madre del niño Andrés Alfonso, alegando y argumentando que se creía de mejor estrato; ya qué, no compartía aquellos pensamientos y no expresaba el léxico intachable que caracteriza a cualquier pensamiento marginado por la miseria y carencia del conocimiento pensante, en una sociedad dedicada al consumismo, la lastima y la piedad elemental de la deshumanización global del universo; sus padres tuvieron que vender su única vivienda cuando el infante no sobrepasaba los diez años de edad y se desplazaron nuevamente a pagar arriendo en una pieza, del barrio Kennedy. Afortunadamente la formación y educación que sus patriarcas elementaron en él, ayudó a que su vida fuese un poco más confortable; por cosas de la realidad, no existía dinero para ingresar a estudiar en algún colegio público, mucho menos privado, lo de los útiles escolares era algo inalcanzable para la economía de dicho hogar, con mucho esfuerzo su señora madre logró inscribirlo para que cursara el grado de sexto bachiderato en un colegio ubicado al otro extremo de dónde vivía “-barrio San Miguel-“ parece ser que al año siguiente, empieza a entablar una especie de amistad con lo que él más adelante llamaría su maestro; Zarathustra, el impío. Cruzando el octavo año de bachiller, expulsan a Andrés Alfonso de dicho colegio, su señora madre muy dolía, no sabía qué le esperaba en el futuro a aquél muchacho; no cumplidos los quince años de edad, el joven decide abandonar a sus padres y empieza a caminar por las autopistas de Colombia, en dirección aparentemente hacía Bogotá D.C, pero lo que no sabía; era que caminaba a su realidad lineal de la forma y el color, humanamente radicados en cada rincón de las calles Colombianas, vagando por Santiago de Tunja, Oicatá, Villa de Leyva, Sutamerchán y otros pueblos de Boyacá, desplazándose hasta Cartagena de indias, Barranquilla y nuevamente, Bogotá; el adolescente Andrés Alfonso se alimenta de lo poco que puede conseguir con la elaboración de algunos poemas de su autoría, flautas de bambú y algunas artesanías muy mal pagadas en el caos de las ciudades o pueblos mencionados. En algún momento de ésta etapa, tal vez influenciado por su maestro, el muchacho piensa en volver y como sea, terminar sus estudios de bachillerato, y a así lo hace; nuevamente con el gran esfuerzo de su señora madre y con algún dinero que recolectaba de la venta de su poesía, logra obtener el título de bachiller semestralizado en el año dos mil.

En el año dos mil uno o dos mil dos; parece que la desgracia visita la vida de Andrés Alfonso, porque sin saberlo, imaginarlo o planearlo, se sube a un carro “pirata” particular, que se dirigía al centro de Bucaramanga, el chófer le pregunta que si no había problema de esperar mientras él recogía una encomienda en una oficina de giros nacionales llamada VELOTAX; Andrés, muy confiadamente responde que no y el señor se baja del carro, al parecer no quería salir de la oficina, cuando el joven asoma la cabeza por la ventana del automóvil, llegan dos policías motorizados, le dicen que se baje para realizarle una rutinaria requisa y es ahí mismo cuando le “ponen las esposas” dictándole sus derechos a guardar silencio y todo lo que diga será usado en su contra, obviamente Andrés Alfonso no entendía nada de lo que estaba sucediendo, inmediatamente sale de la oficina el señor chofer “llamado Emilio, porque más adelante sabe su nombre” también detenido y esposado, acompañado de una mujer, “teniente de la policía nacional” Emilio; es “un ingeniero químico de la Universidad Industrial de Santander buscado por la INTERPOL desde Holanda y la justicia Colombiana desde la ciudad de Cali” escoltado con un par de detectives y se suben a una camioneta; Andrés Alfonso conducido por la mujer teniente y otros dos detectives se suben en otra camioneta, en esos momentos el trato psicológico que los policías le ofrecieron al joven no fueron muy recomendables, pero al cabo de los minutos y sospechando de la inocencia del muchacho, optan por decirle la verdad respecto al chofer “pirata” además lo asustan manifestándole que Andrés, es su presunto cómplice y qué cómo el señor “chofer” tiene dinero, puede salir libre en menos de un mes y Andrés Alfonso cumpliría una condena no menor a quince años. El poco conocimiento de la vida, la corta experiencia, acompañado de los nervios, el llanto y la realidad, hacen que Andrés Alfonso intente relajarse en los calabozos de la SIJIN mientras que al otro día lo trasladaban a las oficinas de la Fiscalía General de la Nación; en los calabozos, acompañado de más personas y de la fría noche de esos lugares, el Pirata “señor” le dice a Andrés Alfonso, que no se preocupe; qué él va hablar con su abogada y en menos de tres meses obtendría su libertad. Por fortuna ésta etapa sólo duró no menos de una semana, entre; papeleos y oficinas, eso sí, custodiado y revestido como un gran delincuente, pero al fin, esa masacre psicológica da por concluida; “además que su situación judicial y certificados que ellos expiden, quedó duramente marcado por el periodo de quince años, con el maravilloso título de: reseñado”.

Una vez más Andrés Alfonso se ve envuelto en las montañas de Boyacá, disfrutando del mágico frío de la vereda la Cumbre, en Arcabuco; trabajando en la siembra de papa y la recolección de algunas verduras para venderlas los días martes en el mercado de Moniquirá, no dejando de escribir y delineando o desdibujando tal vez sus enfrentamientos con el mundo que lo rodeaba en aquellas épocas; para ese entonces, Andrés leía a Charles Baudeliere, Edgar Allan Poe, Jorge Luis Borges, Frank Kafka, Andrés Caicedo, Homero y muy seguramente a algún otro elocuente poeta más, que alimenta las cabezas tempranas de los humanos; estando en la Cumbre, el joven piensa en estudiar una carrera universitaria y con la complicada pero firme decisión que lo caracteriza, habla con su maestro y le cuenta de la carrera de Artes, pero; pensando en la economía, mira una vez más hacia Bucaramanga y no a Bogotá, decide volver a su ciudad natal, nuevamente al abrigo caluroso y reconfortante de su sabia madre y averigua inmediatamente sobre las inscripciones para dicha carrera; la sorpresa es qué: en la única universidad pública de Bucaramanga, la carrera de artes, en dicho caso llamada “bellas artes” tenía un costo, de dos salarios mínimos y medio legales; más o menos unos seiscientos mil pesos Colombianos, en aquel entonces una suma supremamente enorme para que con la colaboración de su señora madre y sus poemas, lograra empezar dicha carrera; las esperanzas no se apagaron, porque al parecer si él decidía e ingresaba a estudiar en otra actividad y lograba buenos créditos, podría pensar en homologar y relacionar sus pocos conocimientos con las materias de artes. En el año dos mil tres, Andrés Alfonso opta por inscribirse a estudiar filosofía y letras en dicha Universidad, obtiene el puntaje requerido para el ingreso y comienza una nueva etapa en su vida; cruzado el primer semestre e indagando sobre las artes de aquella institución, comprende qué aparentemente o en algún surrealismo discreto, las artes pertenecían a la universidad pública pero originalmente su rostro es privado, por esa razón no lograría ni tan siquiera soñar con una homologación; es notable que sus notas finales en cada semestre son muy mediocres y en el tercer semestre deja de matricular para evitar sacar un (PFU). De aquella manera es que podemos ver qué en el año dos mil cinco nuevamente regresa a las calles y empieza a trabajar vendiendo inciensos por el centro bumangués y lugares comerciales de aquella ciudad, y con el tiempo en las afueras del edificio la triada principia vendiendo minutos a celular, vende papas y guayabas en la plaza de mercado del barrio lagos II en Floridablanca, toca armónica y guitarra en los buses o restaurantes y demás sitios públicos o populares de su ciudad de origen, recibiendo a cambio algunas monedas; entabla conversación con los dibujantes callejeros de aquel sector llamado la triada y uno de ellos “yayo” le menciona algo sobre los trucos y técnicas para la elaboración de los dibujos del rostro humano.

En el año dos mil siete, gracias a la democracia e igualdad de Colombia; Andrés Alfonso es obligado a tomar un avión y ser desplazado o transportado hasta el batallón número diez y siete de ingenieros Rafael Navas Pardo, ubicado en Tame-Arauca. Poco menos de cinco meses tuvo que soportar la asquerosa y estúpida cobardía de la hombría colombiana, de un pensamiento inerte que aparentemente se basa en una desconocida nacionalidad, una inepta democracia y una masa que empuja hacia la orientación directa y agonizante del descenso abismal de toda una nación, qué lo único que ha ofrecido a sus ciudadanos es el exilio eterno de la humanidad sensatamente sensible por la Vida, el Amor y la Belleza de la Naturaleza en el hombre, de sus criterios razonables y por ende de su capacidad intelectual; en uno de sus ritos sangrientos militarmente aprobados, con un fusil galil (552) en sus manos; con miles de lágrimas en los ojos, Andrés Alfonso jura a sus Dioses, a su Dios, a ningún Dios, a todos los Dioses existes o inexistentes; qué, no va a matar con aquellas balas a los seres vivos o muertos del Universo, qué para eso; él disparará líneas sobre el papel, pigmentos en las telas y asesinará con su Ocre elemental a aquellos ojos que se dignen en observar su eterna vida plasmada en la interpretación de los años, de los astros, de la arena, de las aguas, del fuego carmesí que se oculta en el viento y superficialmente observará la escena demacrada de algún lienzo construido a partir de su belleza mundanamente terrenal. Éste joven, no podía haber sobrevivido a tanto insulto y humillación conceptual y psicológica que le ofrecieron en bandeja de acero diariamente durante cinco meses, hasta que le dieron la baja del ejército por motivos de un Trastorno Depresivo Mayor (TDM) y felizmente y orgullosamente, fue expulsado del ejército nacional de Colombia respaldado por el código 1101 de la justicia penal militar.

En el año dos mil ocho Andrés Alfonso aprende lo básico correspondiente con el tratado purificador de las aguas y puede comenzar a trabajar en una empresa dedicada al mantenimiento de las piscinas en los conjuntos residenciales de Bucaramanga y Floridablanca; Andrés, recibe un pago mensual mayor al salario mínimo y empieza a ahorrar para poder matricularse en la carrera de bellas artes, el segundo semestre de ése mismo año logra inscribirse en la universidad, pagando la suma de dos salarios mínimos y medio legales y comprendiendo qué el pago semestral por esas cuatro o cinco materias que cursaría en cada semestre, sólo serían retribuidas únicamente los sábados; ya que, eran tutorías dirigidas a distancia o en otros términos, semi-presenciales. En aquel entonces, el joven vivía en una habitación que le habían alquilado en el barrio lagos II y por su descuidada alimentación, acompañada de muchas razones más y situaciones indescriptibles o indescifrables; Andrés Alfonso es internado por primera vez en la clínica psiquiátrica San Camilo, pero; por fin ya estaba estudiando las anheladas bellas artes.

Cada tutoría o cada clase en las que él asistía, eran de total gratitud; no sólo valoradas por el gran esfuerzo que había empleado, sino también por el amor que lo ha caracterizado hacía los olores de los talleres, de la arcilla y las ansias de aprender a aprender nunca manifestaron timidez alguna. El cargo laboral que Andrés Alfonso desempeñaba por ese entonces era de piscinero y en la empresa le cuadraban los turnos “trabajando de lunes a domingo” para que el joven universitario pudiera continuar con sus estudios; todo esto concluyó cumplido el tercer semestre de su carrera, porque no aparecían turnadores y él no quería dejar tirado el trabajo; es así, que habla con su señora madre nuevamente y ella muy amorosa, le propone que vuelva a convivir en su hogar, Andrés afirma aquella bella propuesta y a mediados del año dos mil nueve, renuncia a su empleo de purificador de aguas y se acerca una vez más al interminable Amor que doña Inés le ha brindado.

Para continuar con sus estudios, Andrés Alfonso se entera de una auxiliatura que dicha institución aportaba, se dirige a las oficinas académicas y administrativas y de una manera muy cordial, aquellas personas encargadas de la administración académica a distancia de la mencionada universidad, le ofrecieron un cargo de auxiliar estudiantil; con ese maravilloso apoyo y gracias a un crédito que le hicieron en una identidad financiera, pudo matricular el cuarto semestre de bellas artes, además de aquel ingreso, Andrés Alfonso vendía limones y cultivaba pollos ofreciéndolos en las oficinas de la universidad industrial de Santander de una manera muy personalizada y respetuosa.

Nuevamente su salud mental se ve afectada y permanece internado en la clínica por varios periodos distribuidos a lo largo de los años dos mil nueve y dos mil once; aun así y con todo ese peso, él continuaba con sus estudios universitarios, hasta que acabado el primer semestre del dos mil once le suspenden la auxiliatura estudiantil y obligadamente aplaza la carrera cursando séptimo semestre.

Lo desconocido asoma su cabeza, la temprana alucinación de las flores reclaman su aroma y nuevamente el crepúsculo de febrero abraza la consciencia de aquel muchacho ensoñador, de aquel joven perspicaz que flota entre discretos amaneceres sonrientes y plácidamente se ve abrazado por el aire de la lluvia cuando interpreta el soñar de la locura. A principios del año dos mil doce Andrés Alfonso es internado una vez más en la clínica San Camilo; pero al despertar recuerda muy poco o casi nada de su pasado y sólo puede contemplar las lágrimas y la sonrisa de su señora madre, el petulante Andrés ha aprovechado su estadía en ese lugar y cada vez que lo internaban, intentaba retratar con su papel y su lápiz a los compañeros internos, pero en ésta oportunidad no podía hacerlo dado a la gravedad de su incapacidad física y mental. Cuando le dieron de alta procuró guardar reposo e ignorar todo lo relacionado con el dinero y las deudas acrecientes que cualquier persona puede llegar a adquirir, también intentó desechar actitudes y pensamientos que las sociedades de consumo implantan arbitrariamente en las vidas de los individuos, y creo que es ahí donde Andrés decide profundizar, en su individuo. Su maestro que aguardó silencio en el transcurso de todos estos años, buscó nuevamente al joven Andrés Alfonso y le habló sigilosamente al oído, al ojo, al susurro de sus poros, para empezar a enseñarle qué es un pincel, de dónde nacen los colores, cómo se distribuye la forma por el vacío particular del universo y cómo desenmascarar sus sentimientos para poderlos interpretar sobre el glacial gris de la vida; Zarathustra le enseña a preguntar el porqué del por qué, Zarathustra le enseña a disimular aquella mano torpe, le habla cuando el silencio se escucha en cada atardecer de la aurora y escribe sobre los sueños cuando vuelan entre razones profundas de su mediodía para ser despertados por el crujir de un lápiz distorsionado, de un azul enmarañado y se mofa diciendo que el verde se ha desprendido de su precipitada armonía para pigmentar el rostro consiente de los días.

Todo no podía andar mejor y en este agosto Andrés Alfonso empieza a esculpir canciones sobre los vientos del dos mil doce, pero la felicidad le sorprendería cuando el Amor visita su taller; la bella sonrisa de una hermosa dama, le confía qué la incondicionalidad eterna de la nada quiere ser la doncella del loco interrogador del color, del loco que escudriñaría en las preguntas sazonadas del destino para dejar claro que los segundos se dilatan con el precipitado sabor que nace y renace del inconsciente sueño de un carbón. Hilda Lucía ha permitido que éste humano triunfante pueda sobrevolar el corazón puro que suena con los latidos del misterio, Hilda Lucía se ha dejado enamorar para que el Ocre esclarezca la verdad somera de los cuerpos, para que los poros puedan sudar continuamente entre sabanas enamoradas cuando se pierden en los espacios del placer.

No sabemos si todo termina ahí, al contrario; podemos afirmar que apenas comienza el nacimiento de un hombre que es engendrado por los designios que renacen en cada instante del susurro elemental de los años, también podemos destacar que la templanza y el carácter del hombre se forma gracias a la dedicación y a la asimilación de sus experiencias, argumentando su deseo eterno por la vida, desenfrenando la mirada que desenfoca la distancia y que ahora si está dedicado al estudio de la línea, la forma y el color. Actualmente son tres años en los que Andrés Alfonso y Hilda Lucía han dedicado a compartir sus vidas, habla diariamente por teléfono con su amada señora madre y todos los días se levanta a las cuatro de la mañana para discutir razones previas con sus lienzos, escupe pigmentos y olfatea constantemente el relucir temprano de algún carbón ensoñador cuando intenta dilatarse en las huellas digitales de su cabeza calva, su corta barba reluce entre papeles blancos y marrones, sigue escribiendo poemas o líneas de su realidad y le gusta debatir sobre la inmortalidad de los cuerpos, de los cielos, de la tierra y del fuego; además se distingue por escarbar en las tres tintas de su paleta y buscar algo que él cree que se la ha perdido, no sabemos si en el basurero de su niñez o en la autopista de su juventud, el caso es que Andrés Alfonso no deja de incrementar su diario vivir interpretándolo en la caricia real de los vientos y manifestándolo en la sed diaria que se sumerge en las aguas para flotar entre la iluminada noche de su verdad, de su locura, de su mentira real, de su inexplicable vida que es sembrada en el instante eterno del silencio.


Procesos inacabados del elocuente silencio, basados en la pequeña interpretación sincera de unos estudios elementales; que no pretenden dudar de la mirada transitoria de la línea, la forma y el color.


Ciertamente es difícil prexistir en la circunferencia de la materia, lo real y lo irreal; lo aparente nunca deja de ser innumerable para unos ojos que se ensañan en divagar frecuentes amaneceres, es decir, realidades puramente físicas y mundanamente terrenales.

Tras un largo tiempo de estudio permanente, hemos podido descifrar enigmas que se vuelven translucidos para la mayoría de mis pensamientos, sentimientos y emociones que palpitan diariamente en la atmosfera del espacio, el silencio mismo y el ruido apabullante de una época que se quiere manifestar bajo el sonido del afán perduradero, el caos dilatador y el estruendo agonizante del consumo absurdo que sobrepasa toda coherencia animal que persiste en nuestro ser indefinido. Es así; que sin pretender enfatizar en varios puntos de vista o en una única perspectiva, he decido empezar a escavar en pozos altamente profundos que no dejan de expulsar piedras preciosas, acentuando un camino inexistente que se alimenta del constante cuestionamiento, refutando toda alteración palpable que puede prevalecer en la realidad uniforme de nuestra cotidianidad y que nunca ha querido sobrepasar más allá del acá mismo; quiero decir que lo qué intento plasmar en unas gruesas telas, son simples preguntas que se preguntan, el porqué del porque y así mismo se responden; hacía qué, desde quién y para qué.

La línea, la forma y el color; son las únicas herramientas con las que puedo contar, exclusivamente apoyándome en tres tintas que empiezan a generar una paleta sucia, para que de cierta manera pueda empezar a limpiar el gris de las telas y entre desaciertos y pocos aciertos, intentar establecer una metáfora tangible para mi razón única de existir. En estos once estudios inacabados, busco lo que tal vez el niño perdió en la mar cuando sus olas simplemente le dejaban espuma, sal y arena; enfrentándome a un diario susurro engañador, pero altamente conmovedor entre la verdad y la no-verdad, lo real y lo aparente, la luz, la sombra y la penumbra, la agonía y la alegría de respirar en medio del humo infatigable de nuestra banal existencia, y por medio del ocre, la trementina y el pincel, hundirme en la azarosa e interminable rueda de la no-verdad; acechando para sí mismo todo el alimento que mis dientes puedan llegar a masticar, rumiar, digerir, tragar, vomitar y nuevamente masticar.


Ándres Alfonso