La otra cara del Almirante. Obra Original - Página 43

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buscando amparo en las tierras de don Rodrigo.

Familias enteras, hombres, mujeres, niños y ancianos; caballos, asnos, gallinas, ovejas, vacas, perros y gatos, componían la caravana que, en desorden, invadía las colinas y las sabanas como una oleada de langostas; objetos cayendo de lado y lado de las carretas cargadas de colchones, ropas, cobijas, jaulas para pájaros, cereales, alimentos y menaje doméstico, hacían más dantesco el panorama.

Todo era un caos envuelto en una nube de polvo que llegaba hasta la gran puerta del cortijo que en medio de lamentos, suplicaban refugio a Ponce de León para que los salvara de la hoguera; la angustia de esta pobre gente era aterradora. La misma escena se presentaba en las propiedades del Duque de Medina-Sidonia en Gibraltar, donde muchos humanos, en cantidad superior a los que habían acudido a don Rodrigo, habían conseguido asilo transitorio.

La Inquisición había llegado a su clímax y la persecución a los judíos y cristianos nuevos estaba en todo su rigor.