Romeo y Julieta

Medardo Rivas Mejía

Germán Albornoz, joven sevillano a quien su padre había enviado a estudiar en Inglaterra, era uno de los más simpáticos compañeros que teníamos en Silesia Collége. Su carácter español se había modificado algo entre las nieblas inglesas; había perdido un poco de locuacidad y chispa, pero su espíritu en cambio, se había compactado y robustecido con la atmósfera del Norte. Cuando llegó, nos declamaba en voz alta, a todas horas, largos trozos de El Moro expósito. Dos años después recitaba en voz baja el monólogo de Hamlet. Aquel temperamento meridional había reaccionado enérgicamente y criado músculos en el estudio de Bacon y Macaulay. Además, según decía él mismo en su lenguaje Pintoresco y algo extravagante «había descubierto la gigantesca floresta de Shakespeare, se había internado por sus profundidades y observaba con amor y pasmo grandezas sombrías»... (Fragmento)