Tres en raya

Manuel M. Almeida

Miles de fauces abiertas en busca de mi alma. El espacio, gélido; el sudor, un glacial en movimiento sobre mi cuerpo árido y seco, ardiente. La luz cegadora al final del túnel me hace intuir otro túnel aún más opaco al final de la esperanza, esa pequeña estrella, estéril de materia, que me mantiene. Siempre el horror de la jauría en torno a mi carne. Vuelo, y mis alas se derriten. Corro, y mis pies se quiebran. Nado, y me hundo en la nada de un sueño que me arrastra hacia el fondo de todos los mares de sangre que me habitan. Sueño. Horror. Pesadilla. Realidad perpetua de la oscuridad infinita. Esa tiniebla armada que me asedia noche tras noche entre los muros de una cama que no reconozco como mía, pero que me atrae indefectiblemente y me derrama su halo de cotidianidad triste, vulgar, desamparada... (Fragmento)