La hora menguada

Rómulo Gallegos Freire

-¡Qué horror! ¡Qué horror!
Clamaba Enriqueta, con las manos sobre las sienes consumidas por el sufrimiento, paseándose de un extremo a otro de la sala, impregnada todavía del dulce y pastoso aroma de nardos y azucenas del mortuorio reciente... (Fragmento)