De lo dulce y lo turbio

Esteban Cabañas

No quiero comprender. No veo sino brumas. La costa refulge al amanecer como si me llamara, más allá del borde, más allá de esa línea en que la arena desgaja su innumerable polvo al viento, al suave aire de la mañana. El cuerpo de Osorio luce ahora -y es un decir- un color de higo maduro. Un tenue brillo de fruta soleada, surcada por hilos de un marrón violáceo, un flujo arrebatado que no pudo salir aún con tanto agujero... (Fragmento)