Paisaje y lenguaje de la novela

Mario Benedetti

En algunas trajinadas corrientes de la pintura latinoamericana, el paisaje tuvo -y sigue teniendo- crédito en sí mismo, y en tales casos no precisa obligatoriamente de la figura humana. Aun en la música, es posible disfrutar de ciertas obras de Fabini, Villalobos o Silvestre Revueltas sin necesidad de incorporar la presencia del hombre al paisaje evocado. Y, por supuesto, en la poesía abundan los ejemplos en que el paisaje es en sí mismo una prioridad. Baste recordar la silva de Andrés Bello, «A la agricultura de la zona tórrida» o la interiorización de la naturaleza lograda por el cubano José María de Heredia, con quien, según señala Cintio Vitier, «damos el paso de la naturaleza al paisaje propiamente dicho». No obstante, el paisaje textual de un Othon o la pincelada trémula de un Zorrilla de San Martín, parecen hoy más lejanos que Homero. Queda un legatario, sin embargo, y de notable aliento. Más de un siglo después de Heredia, Pablo Neruda, en sus «Alturas de Machu-Picchu», prepara la irrupción de los hechos humanos con una conmovedora asunción de la identidad de la naturaleza... (Fragmento)