Una rosa para Emily

William Faulkner

Cuando murió la señorita Emily Grierson, todo nuestro pueblo fue a su funeral: los hombres por una especie de respetuoso afecto hacia un monumento caído, las mujeres sobre todo por la curiosidad de ver el interior de su casa, que nadie, excepto un viejo criado -mezcla de jardinero y cocinero- había visto, por lo menos, en los últimos diez años.