Las señoritas de hogaño y las doncellas de antaño

Ramón López Soler

El lector tendrá la bondad de trasladarse con nosotros a una hermosa quinta del reino de Granada, donde vivía habrá como veinte años una familia acomodada y virtuosa. Don Alberto Ludueña se había enriquecido en el comercio: y todo su conato, desde que perdió a una esposa querida, fue el dar culta educación a Matilde, única hija suya, en quien brillaban las dotes del ingenio y las gracias de la hermosura. La casa de campo de que hablamos anunciaba por todas partes la riqueza y el buen gusto de su dueño. Verjas, escalinatas, columnas, estanques y jardines formaban un magnífico conjunto, excitando la admiración del peregrino y la curiosidad de los viajeros... (Fragmento)