Vicente Blasco Ibáñez: juicio crítico de sus obras

Andrés González Blanco

Si algún novelador naturalista fue en España representante exclusivo de la escuela literaria francesa, cuyo pontífice, Emilio Zola, campeó durante muchos años en la literatura universal, ha sido Vicente Blasco Ibáñez. Si a alguien se parece el novelista valenciano, es a Zola en sus novelas y a Maupassant en sus cuentos. Creo que algún crítico extranjero ya lo ha hecho notar así. Jamás ha dado una nota de humorismo inglés ni se ha asemejado a ningún autor italiano... (Apenas si las reminiscencias, más bien que del procedimiento técnico y del esmero en pulir la frase, de la composición egotista y de la exaltación exclusiva de un personaje, tan propias de Gabriel D''Annunzio, flotan sobre su novela Entre naranjos.) En lo demás, él es lo mismo que Zola; por eso creemos que en sus manos el naturalismo español ha llegado a su término y a sus últimas consecuencias. Se ha agotado el filón naturalista después de escribir sus novelas Blasco Ibáñez. Así que no se extrañe que dé gran importancia a su labor novelesca, no sólo por el talento y condiciones artísticas de su autor -que es realmente un temperamento formidable de artista, una constitución orgánica nacida para crear grandes obras literarias- sino porque su obra de novelista es como la cifra y punto culminante del naturalismo español.