Historias de suicidas

Leopoldo Calvo Sotelo

No es extraño. Un médico amigo, a quien procuré no sé qué cosa, siempre que me saluda se duele también, burla burlando, de que la excelente salud que poseo no le permita brindarme el obsequio de sus servicios profesionales gratuitos. La experiencia enseña: por eso, cuando el inquilino del bajo, dueño de una agencia de pompas fúnebres, requirió mi mediación en ciertos asuntos municipales, me negué rotundamente y hasta le despedí de mal humor. Soy algo supersticioso, y si he logrado soportar la cariñosa amenaza que suponen un alguacil y un galeno agradecidos y ganosos de demostrármelo en el ejercicio de sus respectivas actividades, me horroriza la sola idea de que haya alguien que, lleno de las mejores intenciones, pretenda regalarme, en justa correspondencia a mis bondades, un féretro de confección esmerada o una sepultura cómoda... (Fragmento de un relato)