El pesimismo en el siglo XIX. Leopardi, Schopenhauer, Hartmann

Erasmo María Caro

¿Será verdad que el mundo sea malo, que haya un mal radical absoluto, invencible en la naturaleza y en la humanidad, que la vida sea el don funesto de un poder malévolo o la manifestación de una voluntad irracional; será verdad, en una palabra, que la existencia sea una desgracia, y que la nada vale más que el ser? Estas proposiciones suenan de un modo extrañó en los oídos de los hombres de nuestro tiempo, aturdidos por el ruido de su propia autoridad, orgullosos con justicia de los progresos de la industria y de la ciencia, y cuyo temperamento, medianamente elegíaco, se acomoda perfectamente a una existencia prolongada sobre esta tierra, a las condiciones de trabajo que les son impuestas y a las sumas de bienes y de males que les han tocado. Existe, sin embargo, esta filosofía que maldice la vida, y no sólo se manifiestan en algunos libros brillantes como un desafío lanzado al optimismo científico e industrial del siglo, sino, que se desenvuelve por la misma discusión y se propaga por un contagio sutil entre ciertos espíritus a quienes turba. Es una especie de enfermedad intelectual, pero una enfermedad privilegiada, concentrada hasta ahora en la esfera de la alta cultura, de la cual parece ser una especie de refinamiento morboso y de elegante corrupción.

Se ha hablado aquí en diversas ocasiones de estas teorías del pesimismo, a propósito de los sistemas de Schopenhauer y de Hartmann, de los cuales constituye la parte moral. No volveremos a empezar lo que ya está hecho. (Fragmento)