Al otro lado de la pared

Ambrose Bierce

No parecía el mismo. A pesar de ser de mediana edad, tenía canas y andaba bastante encorvado. Le encontré muy delgado; sus facciones eran angulosas, y su piel, arrugada y pálida como la muerte, no tenía un solo toque de color. Sus ojos, excepcionalmente grandes, centelleaban de un modo misterioso.
Me invitó a sentarme y, tras ofrecerme un cigarro, manifestó con sinceridad obvia y solemne que estaba encantado de verme... (Fragmento)

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