Ambarina

Virginia Felisa Auber y de Noya

Una de las más singulares leyes humanas es la que convierte en afrentoso delito desgracias que no ha originado el individuo que las soporta. Aunque sólo las vituperables acciones debieran envilecer al mortal, un ilegítimo nacimiento, la mezcla de sangre y otras causas por el estilo, en que su voluntad no tiene parte, bastan para arruinar su porvenir. En vano se clama contra ciertas preocupaciones destinadas a ofuscar injustamente el brillo del mérito y de la virtud. El espíritu habituado a concebirlas no puede rechazar su yugo, y hasta las mismas víctimas de su rigor les tributan ciega obediencia. ¡Desdichado pues el que aparentando despreciarlas por tal de satisfacer alguna pasión obstinada osa hollar a sus pies la opinión de la sociedad! Por grande que sea su fortaleza moral no logrará escapar a los anatemas del círculo en que vive y, temprano o tarde, se arrepentirá de haberlos excitado.
Pero tregua a inútiles reflexiones y pasemos al hecho verdadero que sin adiciones ni preámbulos me propongo referir al curioso lector... (Fragmento)