Errores en materia de educación y de instrucción pública

Eduardo Benot y Rodríguez

Nada comparable a la longevidad del error. Por eso subsisten hoy las aberraciones profesadas por los maestros de mediados del siglo, aunque estos maestros nos hayan abandonado ya. Los ilusos desaparecen, pero siguen viviendo en sus rutinas.
Y, si formaron colectividad, entonces suceden dos cosas. En primer lugar, los equivocados se hacen insensibles a la evidencia de sus falacias, fantasías y quimeras, como los enfermeros son insensibles a los malos olores de un hospital, aun conservando para todo lo demás íntegro el olfato. Y, en segundo lugar (y es lo peor), los que ven lo evidente, no toman resolución ninguna contra la colectividad presa de las alucinaciones del error, porque ante las masas desfallece la voluntad de cuantos no se sienten con las energías de los héroes. Las clases todas de la sociedad tienen conciencia de la fuerza que les da su número, y los argumentos no son proyectiles que las desalojen de sus posiciones conservadoras.
De aquí una consecuencia importantísima: la de que ante lo evidente no resulte con frecuencia de ningún valor racional la opinión unánime de los hombres dedicados a una misma profesión, por más que esa opinión pueda pesar, y a veces pese mucho, en el régimen político. La profesión destruye la personalidad e incapacita al individuo para pensar por sí acerca de las reformas concernientes a su colectividad.
(Fragmento)