El segundo Alcibíades o de la oración

Platón

No debe orarse ligeramente. Dirigir a los dioses súplicas sin saber si lo que les pedimos es bueno o malo en sí, es exponerse a que el ruego de nuestras plegarias, si es escuchado, se convierta en nuestro daño y no en nuestro provecho. Lo mejor es fiarse a los dioses mismos para todo lo que podamos desear, y el hombre prudente debe imitar a aquel poeta, lleno de buen sentido, que hacía todos los días la misma súplica: «Poderoso Júpiter, dadnos los verdaderos bienes, ya los pidamos o no los pidamos; y aleja de nosotros los males, aun cuando nosotros te los pidiéramos!». ¡Cuántos se han arrepentido de haber hecho súplicas imprudentes! Esto consiste en que sólo es útil a los hombres lo que es bueno, y que todas las ciencias son inútiles, a excepción de una, que es la ciencia del bien. He aquí lo que Sócrates quiere hacer entender a Alcibíades. No deja de tener gracia la conclusión de este diálogo, y la imagen de Alcibíades poniendo una corona sobre la cabeza de su maestro, termina de buena manera una composición, menos indigna de Platón que la precedente, y cuya autenticidad no es ni reconocida ni rechazada unánimemente.