Diccionario Crítico-Burlesco

Bartolomé José Gallardo

Este es un libro apasionado, escrito en medio de los combates por la libertad que llevaron a su autor, el extremeño Bartolomé José Gallardo, al Cádiz de las Cortes, y le movieron o publicarlo como una contribución más a lo doble pugna contra los invasores franceses y contra una Saciedad retrógrada que había conducido a España a aquella Crisis. Es, también, un libro maldito, perseguido con ensañamiento por los reaccionarios desde 1.812 hasta nuestros días. Con éxito -hay que reconocerlo-, ya que han logrado que desapareciese del mercado y que fuese desconocido par lo inmensa mayoría de los lectores actuales, reducidos a la imagen deformada que nos han dado sus enemigos, y a las calumnias que se han vertido sobre su desdichado autor.
El furor contra el Diccionario pasó los límites de lo razonable. Lo atacaron sañudamente el padre Alvarado -el llamado «filósofo rancio», que era mas rancio que filósofo- en sus Cartas, y el padre Vélez en su Preservativo contra la irreligión, un risible engendro teológico-político donde se sostiene que todos los hombres tienen apego a su patria, menos los filósofos: «su patria es todo el mundo, sus compatriotas todas los hombres, hasta los Atentotes [sic] y Cafres». Ocho obispos refugiados en Mallorca lo fulminaron en una pastoral colectiva que le estaba enteramente dedicada.
El encono de sus enemigos le perseguiría hasta nuestros días. No es éste el lugar para hacer la reseña de los insultos y descalificaciones, además de alguna que otra calumnia, que han llovido sobre Gallardo y su libro. Para muestra bastara con mencionar la forma en que Marcelino Menéndez Pelayo se despachó en su lamentable Historia de los heterodoxos españoles -«Jamás libro alguno salió a la luz bajo tan maléfica estrella», escribió con toda razón de él José E Montesinos-, donde lo califica de «impío y atrocísimo libelo», escrito para «el vulgacho liberal [...], embobado can sus groserías y trasnochadas simplezas». Gallardo, «ignaro de toda ciencia seria [...], fue recogiendo trapos y deshechos [sic] de ínfimo y callejero volterianismo [...], salpimentándolos con razonable rociada de desvergüenzas», con lo que consiguió un libro «pobre y menguado de doctrina, rastrero en la intención, nada original en los pocos chistes que tiene buenos» etc.