Los muertos

Florencio Sánchez

Si en el teatro no hubiera espectadores, ni «llamadas», ni críticos, ni actrices (!), ni nada más que el escenario, la obra representada ante el propio autor solo, y cómicos prontos a marcharse en cuanto su mandato terminara, sin hablar con el dramaturgo para felicitarlo y decirle que lo creen tan grande como Shakespeare y como Vital Aza -Florencio Sánchez sería autor dramático, lo mismo que es ahora, entre muchedumbre, aclamaciones, zalamerías y elogios.
No conozco ningún comediógrafo, -verdad es que conozco muy pocos-, más indiferente al éxito inmediato de las propias creaciones. En el estreno de su primera pieza «seria», asistió a la representación apoyado en la segunda bambalina, sin hacer un gesto que no le fuera habitual, sonriendo cuando el aplauso sonaba y sonriendo cuando el aplauso esperado no venía. Aquella noche debió fumar el mismo número de cigarrillos que la noche anterior. Al día siguiente de otros estrenos menos felices, le he visto tan impasible, tan impávido como después de las veladas triunfales. No pone en ninguna obra más esperanzas ni más amor propio que en otra cualquiera. Da en el género que aborda cuanto tiene y lo mejor que puede. Lo que da es invariablemente suyo; mejor dicho, del otro, de ese autor que vive en él, que se reveló en él, antes de que él fuera al teatro, conociera autores, actores, comedias; supiera, en fin, «lo que es eso». No le obsede la preocupación de plantar su bandera más alta que las banderas de los demás; ni corre la carrera de los carteles, que es en sustancia la carrera de la vulgaridad. Hace teatro, simple, espontánea, insensiblemente, porque comenzó a hacerlo, porque ha de seguir haciéndolo, porque si algún día no lo quiere ya, le «saldrá» siempre teatro todo lo que haga.