La de los ojos color uva

Felipe Trigo

Entre ambas jóvenes había alguna diferencia de edad. Una, ya madurita, no andaría muy lejos de los veintiocho años, y era decididamente fea, aunque con una fealdad llena de graciosísima expresión en su viveza charladora implacable; su cuerpo, además de correctas esbelteces, y su cabello castaño y sedoso, así como su tez limpia y fresca, disculpaban la imperfección de sus facciones, en las cuales delatábase una confianza en sí propia de su seguridad de agradar, debida, probablemente, a su travesura, a su ingenio sarcástico y temible... (...)
¡Oh, pero ésta, su hermana..., qué encanto de chiquilla!... No se le parecía en nada absolutamente: diez y siete, diez y ocho años a lo más; pelo oscuro, francamente dorado, sin embargo a la traslumbre del sol, que, ya muy bajo, entraba con la brisa por la ventana abierta; los ojos, de color de uva, muy grandes y con las niñas muy grandes..., como ojos de muñeca fina; cara, en fin, apasionada, de ardiente, con una sensualidad tremenda en su corta nariz carnosa y en sus labios de escarlata viva, que humedecía a menudo con una aguda lengua de coral. No muy alta, era un prodigio de macicez de pecho y caderas..., y sus gualdos zapatillos dejaban ver, bajo el borde de la falda verde Nilo, la calada seda de una media estiradísima, verde Nilo también, color idéntico al de aquellas grandes, tan grandes, al de aquellas inmensas pupilas de sus ojos, y que tan bien le armonizaba con la blancura de la piel. (Fragmento)