La conferencia de Menéndez Pelayo «Cultura literaria de Miguel de Cervantes y elaboración del Quijote» es, como cabía esperar del maestro santanderino, una sinopsis magistral, aún no envejecida, de las conexiones intertextuales en que se sustenta la obra cervantina. Exhibe el casticismo conservador típico de todas sus obras de historia intelectual o literaria, y además un clasicismo latente, que se manifiesta en los epítetos con los que intenta captar los rasgos más típicamente cervantinos: «lo claro y armónico de la composición»; «el buen gusto que rara vez falla»; «cierta pureza estética que sobrenada en la descripción de lo más abyecto y trivial»; «cierta grave consoladora y optimista filosofía»; «la olímpica serenidad de su alma, no sabemos si regocijada o resignada». Para Menéndez Pelayo, todo esto es síntoma de un clasicismo espiritual, no aprendido en los libros, que hace de Cervantes un alma gemela de Luciano, Boccaccio y los erasmistas y humanistas españoles. Y, por encima de todo, descuella esa entrega candorosa a la realidad, propia del artista helénico, que suprime toda afectación de estilo, toda contorsión de la fantasía, y hace que nos preguntemos constantemente: «Entre la naturaleza y Cervantes, ¿quién ha imitado a quién?». Estas palabras resumen la actitud del positivismo decimonónico ante el Quijote, contra la que va a arremeter Américo Castro veinte años después.