Exclamaciones del alma a Dios

Santa Teresa de Ávila

fray Luis de León le dio el título: «Exclamaciones o meditaciones del alma a su Dios, escritas por la Madre Teresa de Jesús en diferentes días, conforme al espíritu que le comunicaba nuestro Señor después de haber comulgado: año de 1569».
No son seguros todos los datos: ni la fecha de composición, ni su relación con las comuniones eucarísticas de la Autora. De hecho, a lo largo de las 17 Exclamaciones no aflorará alusión alguna al Sacramento del Altar.
Las «exclamaciones» pertenecen al género literario de los soliloquios. Santa Teresa conocía especialmente los atribuidos a San Agustín, los altisonantes soliloquios de Job en el libro bíblico y en los Morales de San Gregorio, los incandescentes soliloquios insertos en las «Confesiones» del Santo de Hipona, las deliciosas oraciones monologales de la «Vida de Cristo» del Cartujano Landulfo de Sajonia, y tantos otros soliloquios espirituales.
Los escritos por la Santa no responden a un plan orgánico. Más bien, reflejan la espontaneidad y el ardor de su alma en momentos de alta incandescencia. A impulso de esa espontaneidad, es normal que las diecisiete exclamaciones den paso a los temas espirituales más intensamente sentidos por ella: su profundo sentido de la vida («¡Oh viva, vida...!») y su expectativa de la muerte. Su sentido de la ausencia de Dios, de su magnificencia y misericordia. Su amor a la Humanidad de Cristo («¡Oh fuentes vivas de las llagas de mi Dios...!»). Su abismal sentido del pecado y del infierno. Su anhelo de compartir la gloria de los bienaventurados («¡Oh almas que ya gozáis...!»).