El pirata del Huayas

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Manuel Bilbao Barquín

El buque que conduce al viajero al pueblo de Guayaquil principia a internarse desde la extensa isla de Puná.
Esta isla sirve de costa a una parte del Océano y de puerta a las corrientes del Guayas, que se deslizan por grandes brazos, envolviendo en su curso los árboles y pastos que arrastra con sus corrientes, desde su nacimiento.
Cada brazo es la faja de una isla inculta y virgen, donde se aposenta el lagarto monstruoso, la culebra venenosa, el reptil mortífero y el criadero del desesperante mosquito.
Un lodo espeso, cubierto por enredaderas y árboles siempre verdes, ocultan aquel piso peligroso que invita a pisarlo a causa del atractivo producido por ese manto de vida que engaña a la vista.
Catorce millas se interna el buque por entre esas calles de frescura para la imaginación y de ardor en la realidad.
Parece aquello un sarcasmo dilatado, donde el calor agobia el cuerpo y la vista se recrea.
A medida que esas catorce leguas van desapareciendo, el aire templado que corría va agotándose; principia a respirarse con dificultad; una traspiración sofocante asalta y el mosquito se encarga de festejar al recién llegado.
Cae el ancla, y Guayaquil está a la vista. (Fragmento)