La Aventura del Idioma

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Jorge Edwards Valdés

Llegué al Quijote, como digo, de la mano de sus grandes exegetas del 98, y encontré en ese libro algo que después no he encontrado en ningún otro autor: ni en el Dante, ni en Rabelais, ni en Moliere, ni en el mismo Goethe. Algo que Cervantes sólo comparte, quizás, con Shakespeare, aunque de otra manera, de un modo más fantasioso, más aéreo, más bromista: un elemento de compasión profunda, de humanidad, de ironía, una distancia que consuela y que redime, transmitidos con una gracia única. Los narradores se multiplican, le hacen guiños al lector, le toman el pelo y a la vez lo cogen amistosamente de la mano y lo llevan en su trayecto narrativo. Los personajes se salen de las páginas, se transforman, se contagian unos con otros, en un proceso en que la locura es cordura, en que el disparate es lúcido. «Loco, y no tonto», dice por ahí, en su Vida de Don Quijote y Sancho, Unamuno, y yo me detengo en ese final de párrafo, pensativo.