El Miércoles de Ceniza de 1999, después de rezar un par de plegarias en memoria de un amigo muerto exactamente cincuenta años atrás, Isidoro Bosnio salió de la catedral y atravesó el Parque Santander.
Aunque sabía con certeza que no vería una nueva noche, el viejo Alcibiades Vanegas, Alcibiades Mostaza para los amigos, se levantó temprano, a la hora en que los buses comenzaban a arrojar el humo casi sólido sobre el andén donde dormía. Escondió su colchón y sus cobijas en un lote baldío, se arregló a ciegas la barba con una cuchilla oxidada e inició su rutina de buscar cualquier trabajo.