Andersen pasó por Sevilla en 1862. Se alojó en la antigua Fonda de Londres, a cuyos balcones seguramente se asomó, atraído por el piar atolondrado de las golondrinas. También el ya maduro escritor danés, algo encorvado por el peso de sus 57 años, emprendió un paseo por el centro de la ciudad. Sin duda dirigió sus pasos a la catedral, como han hecho todos nuestros visitantes ilustres, fascinado por su insólita grandeza... (Fragmento)