La Isla Redentora

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Pedro Felipe Ortiz Bravo

No entiendo por qué razón a ninguno de los poetas de los últimos tiempos se le haya ocurrido que valdría la pena que sus libros, a veces tan crípticos, como revelaciones que son, se vendieran a los lectores con manual de instrucciones como suele hacerse con los inventos o reinvenciones, para ponerlos en uso sin sobresaltos ni peligros, como artefactos que ante todo son.

Un libro de poemas como éste es un modelo para armar, porque la compaginación con que se presenta al lector tiene un orden caótico que ni el mismo poeta sabe a cuál de sus razones o sinrazones obedece o desobedece. Es una máquina cuyas piezas faltantes deben hacerse a la medida de cada quien, según le falte o sobre entendimiento.

El modelo es tan claro como Felipe lo encontró posible, y lo hizo a sabiendas de que lo obvio mata poesía y de que las explicaciones aniquilan la belleza. Sabe que en materia de revelaciones, un exceso de luz echaría a perder los claroscuros.
Entonces hay que tomarlo como viene. Si algo pareciere incomprensible, lo mejor sería dejarlo así hasta cuando se llegue el momento de las iluminaciones y las epifanías; evitarlo como un abrojo (ojo abierto y lo demás esquivo), nada más.
Debe entenderse que también hay aquí algunos mensajes que el autor se dirige a sí mismo y que, por tanto, el lector deberá intentar descifrar con cierto pudor y mucho respeto, como que se trata de correspondencia ajena.

Diría más. Me gustaría extenderme, pero la avaricia de las contratapas me lo impide, así que no me queda más que asegurar a los navegantes que se embarquen rumbo a la Isla prometida, que aquí hay belleza por doquiera y que es de cada quien verla o no verla. Que se olviden del título. De los títulos. Y que será mejor empezar por una página o un verso al azar. Y advertencia: asegúrense de estar desconectados en el momento de conectarse.

Pablus Gallinazo