La Simiente

José María Vargas Vila

-¡Él también! ¡Él también! -murmuró tristemente Leonardo Bauci, dejando caer su cabeza entre las manos, con un gesto lento, de impenetrable angustia; y, quedó así anonadado, silencioso, inerte, hundido en el crepúsculo, que bajaba sobre él, como una gran caricia de manos beatíficas y tiernas; y, el grande hombre vencido, semejaba el león de mármol de una columna volcada, extendiendo al infinito la fascinación de sus garras truncas, en la tristeza desoladora de la derrota definitiva;