Teófilo Romano es un fervoroso creyente amigo de Dios, como su etimología lo indica, y de la Iglesia de Roma. Seducido por la magia de las letras y sus convicciones religiosas escribe esta novela en la que destaca con elegante realismo la parte humana de la Iglesia, sin desconocer la dimensión sobrenatural de la misma. Cigabel es cualquier diócesis del mundo en donde se vive una historia de salvación en la cual interactúan santos y pecadores. El trigo y la cizaña nacen y crecen juntos en cualquier parte del mundo. También en la Iglesia. El final de la novela, que es casi un acto de esperanza en la promesa de Cristo a su Iglesia, muestra cómo el sello de una vocación auténtica es la entrega del amor heroico, aunque esto no se diferencie mucho de la cotidianidad.