A una tarde despejada y fresca, que es uno de los encantos de Ríosucio, sucedió una noche espléndida; para gozar de ella, la familia de Rosario, sentada en esteras y taburetes, hizo corro en la puerta de entrada de la casa, en donde en amable charla acostumbraban pasar las noches de verano oyendo al jefe de la casa contar historias de guerras, o a su hermana, consejas de aparecidos y fantasmas.