El autor de este libro nos viene a corroborar que la ciencia no anda en guerra con la poesía o, hablando en estilo de clásicos y pedantes, que Minerva puede vivir en amigable compañía, con las musas. Efectivamente: si al sondar las entrañas de lo bello encontramos lo verdadero, al penetrar en el corazón de la verdad nos hallamos con la belleza. Ningún poeta negará la grandiosa estética, encerrada en las leyes de Kepler o en la teoría de Darwin, como ningún artista dejará de reconocer la suprema geometría oculta en la Ilíada, el Partenón o la Venus de Milo. Solamente los espíritus que revolotean a ras del suelo descubren oposiciones entre la ciencia y la poesía. Al ascender, se esfuman las diferencias en los detalles y resalta la armonía del conjunto: los montes para las hormigas son llanuras para los cóndores. Todo se confunde y se unifica en las alturas, de modo que las ciencias y las artes deben representarse por una inmensa pirámide con muchos planos y muchas aristas pero con un solo vértice.
Manuel G. Prada