Qué realismo tan pertinaz el de Cervantes. Con este hombre se llega a palpar la fábula, como Sancho palpaba a los demonios olientes a ámbar. La historia del Caballero se redime del absurdo y de la inverosimilitud, readquiere carta de naturaleza humana y sigue caminando, regocijada o taciturna, pero andante sobre las cosas e iluminada con poderosa lumbre interior.
¿Qué clase de mirada tenía la pupila quijotesca de Cervantes? Seguramente una mirada capaz de hallar la aventura en el corazón de la desventura más siniestra. Aun cuando con esto no hayamos dado fin a la pregunta. Debemos agregar que Cervantes poseía en sus ojos una implacable luz de realidad y una luz inextinguible de ensueño. Pero firmemente deberíamos quedarnos en una sola respuesta donde se compendien ambas en una verdad permanente: la mirada de esa pupila fue de tal naturaleza que aun sobrepasa el realismo de las montañas más altas y llena el firmamento del ensueño... (Fragmento)