Dulcinea, vestida con telas de oro y sirgo tejidas por las ninfas del Tajo, se pasea en las lonjas de su castillo tapizado con alfombras de Persia, o en sus aposentos rodeada de sus damas de honor, ora ensarta perlas orientales; ora borda alguna curiosa divisa para el hazañoso Manchego; ya inspira a los artistas con su belleza; ya prodiga a los desventurados la dulzura de su corazón de oro y de piedras preciosas.