Este es uno de los relatos de la más sombría belleza de Franz Kafka. Es el relato de su propia hambre, de su insaciable demanda de amor extraviada y culpable.
Y por ello, porque le culpabilizaba, en lugar de hacerla derivar, como en tantos normales por el camino de la satisfacción sustitutiva del hartazgo -etiología de tantas obesidades psicógenas- se desvió por el desorientado sendero del ascetismo, que simbolizaba su autocastigo, su penitencia.