El teatro de Moratín se opone frontalmente al barroco que todavía primaba en su época y defiende la línea neoclásica. En primer lugar sigue explícitamente la regla de las tres unidades (lugar, tiempo y acción) y muestra un sentido muy racionalista del teatro y un desarrollo casi discursivo de la obra teatral. En segundo lugar, ofrece una reflexión sobre su propia época, mostrando una gran preocupación por los vicios nacionales, denunciando tipos nefastos y adoptando en todo momento un claro tono didáctico. Además, en contra de los fastos barrocos, Moratín hace un teatro prácticamente de cámara, con pocos personajes y gran sencillez en la acción. Encontramos claramente la huella del siglo de las luces, el sentido regenerador y racionalista de la ilustración, aunque ¡qué tremenda frialdad! Indudablemente, la fe en el sentido común, en el moderado ejercicio de la razón, sólo podía observar, denunciar y soportar estoicamente el secular inmovilismo de la sociedad de la época. Fue necesaria la pasión y el impulso romántico, "Subjetivista" y en cierto sentido irracional, para cambiar ese orden de cosas por otro orden mucho más "racional".