El matrimonio y La concupiscencia

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San Agustín

Pon atención a mi modo de proceder en esta primera parte de mi obra. Esta es la cuestión que entre nosotros se ventila en lo que a mi libro se refiere, y que te jactas haber refutado en los cuatro tuyos. Yo digo que el matrimonio es bueno y digno de toda alabanza y en ningún sentido puede ser vituperable y culposo, y esto aunque todos los hombres, descendientes de la primera pareja, nazcan reos de pecado. El que esto niegue intenta socavar los cimientos de la fe cristiana. Este fue el motivo de escribir mi libro El matrimonio y la concupiscencia. En él distingo el bien del matrimonio del mal de donde viene el pecado de origen. Tú, por el contrario, afirmas que, sin duda, se condena el matrimonio si no se predica que los niños, que son su fruto, están limpios de toda mancha de pecado, y por esta razón te glorías de haber refutado mi único opúsculo en tus cuatro libros. Intentas con tus escritos apartar a los hombres de la fe bien fundada de los católicos para conducirlos a la novedad de tu herejía, y así insuflas en tus lectores el veneno del maniqueísmo, como si un mal de la naturaleza tuviera sabor maniqueo cuando se afirma que los niños, nacidos de Adán según la carne, contraen, al nacer, la lepra de la muerte antigua, y, en consecuencia, necesitan ser purificados por "el baño de la regeneración" para poder ser contados entre los hijos adoptivos de Dios y ser trasplantados al reino del Unigénito.