Sin religión no puede haber gobierno justo, útil ni durable.
Todos los pueblos y naciones que ha habido hasta ahora sobre la tierra han experimentado en diversos tiempos y coyunturas los miserables efectos de la flaqueza y caduquez de las cosas humanas. Las dolencias y los achaques son tan naturales en las comunidades políticas, como en los hombres que las componen. Hay en éstos afectos, hay caprichos, hay ignorancia, hay errores; y sus establecimientos e institutos han de participar por necesidad de estas miserias inseparables de nuestra limitación. La propensión o disposición para las dolencias públicas existe intrínsecamente en la flaqueza de cada mortal; pero entonces se convierten en epidemia o enfermedad común cuando, propagándose un mismo error y comunicándose de unos a otros a modo de contagio, se arraiga universalmente en todos, o en la mayor parte, y obra en ellos los efectos consiguientes a la índole de la enfermedad. De aquí es que una numerosa nación puede convertirse fácilmente en una congregación de maníacos, siempre que la casualidad o la malicia logren asentar en el ánimo de sus individuos un error, una opinión, un capricho, una extravagancia con tal tenacidad, que los enfermos crean que su bien y su felicidad consiste en la dolencia misma que los aniquila. En los antiguos pueblos fue rara y de ligeras consecuencias esta enfermedad política, porque antes de la invención de la imprenta eran muy ceñidos los medios que podían adoptarse para propagar el contagio de las opiniones y errores. El arte de imprimir facilitó y multiplicó casi a un grado infinito los medios de la persuasión, y de esta facilidad nacieron las convulsiones furiosas que han sufrido varios estados de Europa en toda la continuación de los tres siglos últimos. Los primeros ímpetus se encarnizaron en la religión. El desenfreno de las conciencias trajo detrás de sí el amor a la licencia e independencia política. Entonces se engendró entre las heces de la impiedad y del orgullo personal una fantasma, que sus artífices dieron en llamar Filosofía, no siendo sino la destrucción de la verdadera filosofía; y propagado y arraigado este formidable espectro en la superficial depravación de un número de fanáticos, que dicen que derriban las aras para hacer libres a los hombres, hemos venido a tiempos en que el hablar de Dios se ha contado por delito en una nación célebre y se han contado por virtudes la rapiña, el fraude, la opresión, la calumnia, y la ferocidad.