Unamuno asocia los distintos espacios de las pequeñas y viejas ciudades, como las plazas públicas, a la cotidianidad intrahistórica: “Esas plazuelas apacibles y sosegadas que se abren dentro del recinto conventual de una eterna no ya vieja ciudad castellana. Esas plazuelas por las que han resbalado siglos de instantaneidad cotidiana”.