El más prestigioso drama de Calderón contiene una nítida lección de idealismo filosófico, en la que se expone la idea de que la vida no es más que el sueño de una mente que "vive" en una realidad ideal, un sueño del que despierta al morir y en el que la moralidad de las acciones es lo único que cuenta. Esta idea, que es título y leit motiv de la obra conducida por la figura de Segismundo, no es el asunto central del drama, pues éste se asienta en torno a uno de las glorificaciones del libre albedrío que tanto gustaban a Calderón (en su catolicísima lucha contra las teorías protestantes), es decir, la obra se dirige a debatir sobre la posibilidad o no de luchar contra el mal presagio revelado en el nacimiento del príncipe Segismundo, de Polonia, según el cual iba a ser un rey nefasto y cruel. El desenlace es claramente antideterminista: se puede luchar contra el hado y no hay que dejarse guiar por él pues entonces sí que se cumpliría.