Se trata, dentro del realismo literario español, de la novela que mejor ejemplifica la corriente naturalista, al reflejar la aceptación de las teorías positivistas aplicadas a la literatura por el escritor francés y padre del naturalismo Émile Zola.
La autora ha cuidado la composición de la novela y la manera de narrar: el predominio de los puntos de vista y la tendencia al ocultamiento del narrador omnisciente preludian la novela del siglo XX.
El estilo literario es correcto, vivo, expresivo, en ocasiones minucioso, pero nunca estetizante. Como en tantos novelistas del realismo predomina lo funcional: el estilo al servicio del contenido. No se busca la belleza ni la brillantez de la expresión, sino la exactitud de la descripción, la verosimilitud en los hechos y la fuerza en la narración.