Suena el cañón. Llega la corte; Epifanía. Toreno indescriptible. Alcalde constitucional en la estación. Discurso opíparo. El alcalde se excede a sí mismo. Mon llora y besa. (Ya explicaré esto.) El alcalde luce un vistoso ramo, del cual hace graciosa donación no se puede decir a quién. Vuelve a hablar el alcalde; llueve (no podía menos). Antequera no dice esta boca es mía. El pueblo elocuente, elocuentísimo. La tropa bien. Aquí, como en todas partes, la ordenanza es la ordenanza. Sin embargo, volviendo al pueblo, diré que no tiene muy buena educación (y que dispense). ¿Por qué cuando le saluda algún ministro no contesta? No hay más sino ir a ver los farolillos, y las colgaduras, y los alcaldes vestidos de levita y estarse como muertos, o como guardacantones... (Fragmento)