Se presenta esta noche ante ustedes, señoras y señores, un crítico de arte español. Y lo hace, no precisamente en aquella forma o actitud que acostumbra a representarse en la figura del severo Aristarco, símbolo de la atufada pedantería, sino, como es natural, en otra mas humana, que es la suya de siempre, en él congénita: la de la llana y sincera modestia, que comienza su discurso en esta noche pidiendo lo que más necesita: indulgencia. Y la necesita en este momento mas que en ningún otro, en primer lugar, porque es mas hombre de pluma que de palabra oral y todos sabéis la enorme diferencia que va de un instrumento de expresión a otro, de un arte a otro arte de la palabra; y, luego, porque llega de un país por el que corre desatado el monstruo de la guerra y en el fondo de su propio espíritu permanecen grabadas de manera indeleble tantas escenas de horror... (Fragmento)