Que sea el conocimiento de Dios principio y fundamento de toda nuestra felicidad y bienaventuranza, muy notorio es a todos. Este conocimiento es la propia y verdadera teología de los cristianos, que es la reina y señora de todas las ciencias. Porque si (como Aristóteles dice) aquélla es más alta ciencia que trata de más excelente materia, ¿qué cosa más excelente y más alta que Dios? Ésta es aquella ciencia que alaba y engrandece el mismo Dios por Jeremías diciendo: «No se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el rico en sus riquezas, ni el esforzado en su fortaleza, mas en esto se gloríe el que quisiere gloriarse, que es tener noticia y conocimiento de mí». Pues este conocimiento es (como decimos) la ciencia más alta, más divina, más provechosa, más suave y más necesaria de cuantas el entendimiento humano puede comprender. Este conocimiento tienen los bienaventurados en el cielo por clara visión de la esencia divina. Mas como esto no tenga lugar en esta vida, recorremos a la consideración de las obras de Dios, las cuales, como obras y efectos de su bondad y sabiduría, nos dan alguna noticia de la fuente y causa de donde proceden. De estas obras unas son de naturaleza, otras de gracia. Las de naturaleza son las obras de la Creación, que sirven para la sustentación de nuestros cuerpos, mas las de gracia pertenecen a la santificación de nuestras ánimas, las cuales son muchas. Mas la principal, y la fuente de donde todas manan, es la obra de nuestra Redención. En lo cual parece que estas dos tan principales obras de nuestro Señor nos son dos grandes libros en que podemos leer y estudiar toda la vida, para venir por ellas al conocimiento de él y de la grandeza y hermosura de sus perfecciones, las cuales en estas obras suyas, así como en un espejo purísimo resplandecen, y junto con esto nos dan materia de suavísima contemplación, que es el verdadero pasto y mantenimiento de las ánimas.